Todas nuestras pérdidas

Todos pensamos en la pérdida como dejar de tener algo que valoramos, pero también hay cosas, relaciones y situaciones que pueden ya no estar en nuestra vida, estar pero ya no de la misma manera, no estar seguros si siguen estando o nunca haber estado y aún así nos duele que la posibilidad de tenerlas se nos cierre para siempre. Regularmente cuando perdemos algo o a alguien, no sólo se pierde lo que evidentemente ya no está, sino lo que representaba para nosotros.


Así como pasa cuando tienes una herida en la piel que lo que viene después es el proceso de sanar a través de la formación de una costra y luego la cicatriz que nos queda, después de una pérdida viene el proceso de duelo que, por doloroso o desagradable que se sienta, es parte del proceso de sanar y ayudarnos a aprender a vivir con la ausencia. ¿Pero y si la pérdida no es tan clara?. Porque uno no va a reponer la licencia de manejo extraviada hasta que ya buscó por todas partes y de plano no la encuentra, ¿no es verdad?. ¿Pero si tú juras que tiene que estar por ahí y no vas a tramitar la reposición porque dices que la vas a encontrar, pero nunca aparece? Es decir, que no acabas de aceptar que se perdió porque crees que un día va a aparecer, ¿qué?. Para ayudarnos a entender todo lo dicho, quizá nos ayude clasificar las pérdidas en 3 tipos: físicas, simbólicas y ambiguas.


La pérdida física.

Esta es la pérdida más conocida y reconocida por todos. Es perder algo o a alguien que antes estuvo y que se podía ver, tocar y sentir de muchas otras maneras. La pérdida física es clara y a partir de que sucede, viene el proceso de duelo que, como dije, es el proceso que nos ayuda a aprender a vivir con la ausencia física de quien se ha ido.


El clásico ejemplo de esto es la muerte de una persona amada, pero también la pérdida de una mascota, de un objeto muy apreciado, como el anillo que te regaló tu abuela, o hasta la casa de tu infancia, si por alguna razón tiene que venderse.


Pero como ya habrán adivinado, la muerte del ser querido, la de la mascota, el anillo perdido o la casa que tiene que venderse no es que duela sólo porque ya no van a estar, sino por lo que representaban para nosotros, ¿no es verdad? Porque por ejemplo, te podrías comprar otro anillo, pero ya no es “el anillo” de tu abuela; es decir, tenía un valor físico, pero además otro sentimental. Igual puede pasar con la mascota; cualquier otra que llegue jamás reemplazará del todo a la que ya no está porque con esta habías formado una relación distinta. De lo que estoy hablando acá es del valor simbólico que tiene lo que se ha perdido, más allá de la ausencia física que ahora se ha presentado. Podemos afirmar que toda pérdida física, encierra también una pérdida simbólica. Hablemos de ellas ahora.


La pérdida simbólica.

Una pérdida simbólica podemos decir que es “lo que pierdes cuando pierdes”. Es el valor que para ti tenía, la función que en tu vida cumplía o lo que te hacía sentir su presencia. Por ejemplo, a lo mejor perder el trabajo te hace perder no sólo el ingreso, sino la confianza en ti mismo o la seguridad que sentías de tener dinero en tu cuenta. En otro ejemplo cuando pierdes a un ser querido, pierdes también quizá la compañía, tener a alguien que te apoyara y a veces hasta el título, como cuando muere una pareja y pues ahora dejas de ser esposo o esposa de alguien para convertirte en viudo o viuda.

Pero también dentro de las pérdidas simbólicas encontramos cualquier cosa que quizá no podía tocarse por no ser física, pero que estaba en nuestra vida de alguna manera y ahora ya no está. Por ejemplo la pérdida de la salud; de la juventud; del estatus, como cuando te jubilas o te despiden; de capacidades, como cuando luego de un accidente o por el paso del tiempo ya no ves bien o no te puedes mover como antes.


Y por si fuera poco hay una tercera modalidad dentro de este tipo de pérdidas y que no es tan fácil de reconocer. La pérdida de lo que nunca se tuvo, pero se deseo desde el corazón tener. A lo mejor siempre quisiste tener un hijo o una hija, pero por la razón que sea ya no pudiste. O soñaste por mucho tiempo con conocer un lugar que ya no existe o que tú ya no podrás ir. Quizá anhelabas tener una casa propia o la familia ideal para ti y eso, por lo que haya sido, ya no será posible. Son elementos que nunca estuvieron presentes físicamente en nuestra vida, pero que vivieron por mucho tiempo en nuestro deseo e ilusión y que al cerrarse la posibilidad de tenerlos, pues nos causa una forma de pérdida simbólica. Cualquiera diría que no perdiste nada porque nunca lo tuviste en realidad, pero si has pasado por esto sabes que es algo que duele y mucho, ¿no es cierto?.


La pérdida ambigua.

Este tipo de pérdidas es aún más complejo de elaborar porque no nos dan la claridad de las dos anteriores. No hay certeza de que lo que estamos viviendo sea una pérdida, ya sea porque aún no perdemos del todo o porque no tenemos la seguridad que aquello que se ha perdido nunca volverá. Las pérdidas ambiguas se presentan de dos maneras.


Presencia física, pero ausencia psicológica (Decir adiós sin marcharte).


Aquí caben todas las pérdidas de lo que aún está contigo, pero con lo que ya no puedes relacionarte de la misma manera que antes. Muy comúnmente como ejemplo de esto encontramos personas con cualquier tipo de padecimiento neurológico, en donde el cuerpo de la persona está presente, pero su mente de alguna forma se ha ido y ya no podemos relacionarnos con ella de la misma forma. Ya no nos habla, ya no nos abraza, a veces ni siquiera nos reconoce o tiene conciencia de nada. Personas con Alzheimer, demencias, trastornos psiquiátricos, en coma o estados vegetativos, por mencionar sólo algunos ejemplos. Es una pérdida complicada porque seguimos viendo el cuerpo, pero lo que la persona era ya no está. A veces por eso cuesta tanto la donación de órganos a algunas familias. Sienten que si la aceptan estarían acabando con la vida de la persona, pero como he dicho, aunque la vida siga en su cuerpo, la persona ya no está.



Presencia psicológica, pero ausencia física. (Marcharte sin decir adiós).

En otra modalidad están los casos en donde no hay certeza de la pérdida. Como cuando una persona sale de casa y nunca regresa. No se sabe dónde está o si vive o ya ha muerto. No está físicamente presente, pero no podemos aceptar su pérdida porque emocionalmente sigue en nuestra vida, junto con la esperanza de que un día aparezca. Son personas que dicen que no se van a dar por vencidos hasta que encuentren a su ser querido o al menos tengan su cuerpo para tener certeza de que ya no están. Esto, lamentablemente, lo vemos en situaciones de secuestro que terminan mal, las llamadas desapariciones forzadas o incluso accidentes o desastres naturales en donde no fue posible rescatar los cuerpos. Para salir de esto, necesitamos evidencia de lo que pasó para aceptar la realidad o al menos declarar que quien ya no está, no va a volver. Hay personas para las que lo primero no es posible y lo segundo no lo quieren hacer.


En un sentido menos grave, pero también doloroso para el que lo padece, están aquellas personas cuya relación ha terminado y se niegan a aceptar la realidad y guardan la esperanza de una reconciliación con la ex pareja. Hay quien se puede pasar toda la vida ahí por no dejar ir la esperanza al agarrarse de la presencia emocional o psicológica.


El riesgo con las pérdidas ambiguas es que el proceso de duelo se complique o se tarde en llegar. Es difícil empezar a sanar cuando todavía no tenemos la certeza de si lo que estamos viviendo es o no una pérdida, aunque de muchas maneras, sí lo son.


Cada pérdida es importante para el que la está viviendo y nadie podría decirnos que “no es para tanto”, especialmente cuando para nosotros sí lo es.


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